Cada año he tenido el privilegio de acompañar a nuestros niños aquí en Valle de los Ángeles mientras se preparan para uno de los momentos más importantes de sus vidas: su Primera Comunión. Siempre es un camino hermoso: un año de clases de catecismo, oraciones diarias, momentos de reflexión y una creciente expectativa por recibir a Jesús en la Eucaristía por primera vez.
La semana antes de la celebración, celebramos las Primeras Confesiones. Nunca olvidaré un momento del último evento. La pequeña Rosa Elena entró en la sala y se sentó frente a mí, casi temblando. Su voz vaciló cuando susurró: “Padre… estoy nerviosa”.
“Claro que sí,” le sonreí, “eso es completamente normal.”
Le dije que muchos de nosotros, incluidos los adultos, sentimos ese mismo temor la primera vez que abrimos el corazón plenamente a la misericordia de Dios. También le recordé que este momento, aunque intimidante, no está hecho para traer miedo, sino paz. Ella respiró hondo, juntó las manos y comenzó. Ese momento de valentía y fe, tan pequeño y a la vez tan poderoso, me acompañará durante mucho tiempo.
Cuando por fin llega el día de la Primera Comunión, nuestra capilla se llena de alegría, de luz y de reverencia. Los niños visten sus mejores ropas, con los ojos brillando de expectativa y asombro. Cada uno, a su turno, se acerca con las manos juntas y el corazón completamente abierto. Es un momento de profunda gracia, una gracia que deja una huella duradera en el alma y también en toda la comunidad.
Como sacerdote, encuentro que estos momentos confirman todo por lo que trabajamos en el Valle: no solo brindar una educación o un hogar seguro, sino también alimentar su fe y ayudarles a reconocer que son amados por un Dios que los conoce por su nombre.
A todos ustedes que apoyan nuestra misión, sepan esto: su generosidad hace posibles estos momentos santos. Ustedes nos ayudan a alimentar mentes hambrientas y a nutrir almas jóvenes. Y cuando estos niños se acercan al altar por primera vez, ustedes están allí con ellos: en espíritu, en oración y en amor.
Que Cristo los bendiga siempre, así como Él recibió a estos niños en la Eucaristía.
Con gratitud,
Fr. Joaquín
Director, Valle de los Ángeles, Guatemala










