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Confianza en la Trinidad

La semana pasada, reflexionamos sobre la devoción de Francisco al Espíritu Santo como guía de su vida. Sin embargo, Francisco comprendía que el Espíritu es una Persona dentro del misterio más grande de la Santísima Trinidad. Veía al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo como una comunidad perfecta de amor, y buscaba reflejar ese mismo amor dentro de la comunidad de los Frailes Menores.

Para Francisco, la Santísima Trinidad no era simplemente una idea teológica, sino una realidad viva y amorosa. Enfatizaba la alabanza a la Trinidad y compuso oraciones para expresar esta devoción. En las Alabanzas a la Trinidad, comienza: «Santo, santo, santo, Señor Dios todopoderoso, el que es, el que era y el que ha de venir. Alabémoslo y ensalcémoslo por todos los siglos».

Francisco tenía un profundo amor por cada Persona de la Trinidad. Adoraba al Padre como Creador de todas las cosas. Amaba al Hijo como Redentor y como la expresión más plena del amor de Dios hecho visible. Se apoyaba en el Espíritu Santo como aquel que inspira y guía desde lo interior. Su devoción estaba moldeada por una profunda conciencia de la Encarnación, reconociendo a Jesús como la Segunda Persona de la Trinidad que se hizo hombre para nuestra salvación.

En el Domingo de la Santísima Trinidad, la Iglesia nos invita a contemplar este gran misterio: un solo Dios en tres Personas, unidas en un intercambio eterno de amor. Francisco confió en este misterio y lo vivió a través de sus relaciones con los demás y con toda la creación.

Esta semana, pongamos nuestra confianza en el misterio de la Santísima Trinidad. Crezcamos en amor al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, y reflejemos ese amor en nuestra manera de vivir y de relacionarnos con los demás.

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