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Confianza en el Espíritu Santo

No cabe duda de que san Francisco amaba a la Iglesia católica y permaneció obediente a sus enseñanzas. Su vida fue moldeada por la misma fe que continúa guiando a la Iglesia hoy.

En esta fiesta de Pentecostés, recordamos cómo el Espíritu Santo descendió sobre los Apóstoles en el Cenáculo, llenándolos de sabiduría y valentía para proclamar el Evangelio. Ese mismo Espíritu Santo ha guiado a la Iglesia a lo largo de los siglos y continúa haciéndolo hoy.

Francisco depositó una profunda confianza en el Espíritu Santo. Incluso se refirió al Espíritu como el «Ministro General» de la Orden Franciscana, alentando a sus seguidores a no depender únicamente del razonamiento humano, sino de la inspiración divina. En su Oración ante el Crucifijo, Francisco pidió ser lleno de la luz del Espíritu para poder conocer y cumplir la voluntad de Dios. Para él, la verdadera sabiduría no provenía solo del conocimiento, sino de la acción del Espíritu Santo obrando en el alma. 

Francisco creía que fue el Espíritu Santo quien lo condujo a abrazar al «Cristo pobre», guiándolo hacia una vida marcada por la paz, la caridad y una profunda conexión con toda la creación. Desde su conversión, pasando por la fundación de la Orden, e incluso en su sufrimiento, Francisco confió en que el Espíritu dirigía cada paso. Buscó vivir como un verdadero «hombre del Espíritu», continuamente moldeado por la presencia y la gracia de Dios.

Esta semana, abramos nuestro corazón al Espíritu Santo. Confiemos en Su guía, busquemos Su sabiduría y permitamos que Él nos conduzca más plenamente a la voluntad de Dios. 

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