Hay un antiguo refrán entre las personas espirituales: «Trabaja como si todo dependiera de ti y ora como si todo dependiera de Dios». Vivir de esta manera nos ayuda a poner en acción la virtud de la entrega.
La planificación es una parte importante de la vida humana. No podemos simplemente vagar por la vida sin pensar en lo que depara el futuro. Los jóvenes deben elegir escuelas y carreras. Las parejas deben considerar dónde vivir y cuándo tener hijos. Las personas mayores pueden enfocarse en cómo enfrentar la jubilación y su vida posterior. Planificar estas cosas nos guía para determinar los pasos que debemos tomar para alcanzar nuestras metas.
Como seres humanos que intentamos ser fieles a Dios, sabemos que nuestros planes a menudo se ven interrumpidos o incluso pueden desmoronarse debido a circunstancias fuera de nuestro control. Esto pone en enfoque la segunda parte del refrán, y por qué es importante para nosotros tener un diálogo continuo con Dios. Una vida de oración proporciona la solución a los giros inesperados que se nos presentan. Si estamos hablando con Dios y escuchándolo de manera regular, será mucho más fácil oír Su voz dirigiéndonos. Cuando tratamos de imponer nuestra propia voluntad sobre Él, no podemos escucharlo.
La perseverancia en la oración también es importante. Las respuestas pueden no llegar de inmediato—debemos recordar que Dios no trabaja según nuestro cronograma. El plan que Él tiene para nosotros puede ser revelado lentamente. Debemos recordar que Su plan siempre, al final, tendrá sentido, aunque no podamos verlo ahora. A través de la oración, podemos llegar a confiar en Su plan y entregarnos a llevar a cabo ese plan. Puede ser difícil de hacer, y es imposible hacerlo por nuestra cuenta, pero cuando entregamos nuestra voluntad, encontramos que la ayuda que necesitamos para enfrentar los desafíos de la vida siempre está ahí. Este patrón es claro cuando observamos las vidas de los santos y de las personas santas que conocemos personalmente.
Incluso alguien que no está acostumbrado a tener una relación personal con Dios o con Jesús—alguien sin una vida de oración sólida—puede comenzar. No hay mejor momento para formar o fortalecer una relación con nuestro Señor que el presente. Habla con Dios como tu Padre. Pide la guía del Espíritu Santo para discernir lo que Él quiere, y el valor y la perseverancia para hacerlo. Cuando escuches Su voz dirigiéndote, confía en que puedes seguir lo que Él te pide.
Esta es la virtud de la entrega. Podemos fallar a veces, pero mientras más practiquemos, más fácil se vuelve. Incluso los santos tuvieron que trabajar en ello.











