Por naturaleza, queremos ver los frutos de nuestros esfuerzos. Ya sea que estemos criando hijos, acompañando a un ser querido, sirviendo como voluntarios en nuestra parroquia o ayudando a alguien en un momento difícil, esperamos que nuestras acciones marquen una diferencia.
Sin embargo, la obra de Dios con frecuencia continúa mucho después de que nos hemos marchado.
En su reciente reflexión, el P. Luis, OFM, compartió la historia de un reencuentro inesperado con alguien cuya vida había sido tocada años antes a través de un encuentro ministerial. Lo que en su momento pareció un instante breve se había convertido en parte de una historia mucho más grande, que continuó desplegándose mucho después de que sus caminos se separaron.
San Joaquín y Santa Ana nos ofrecen una lección similar. Según la tradición cristiana, criaron fielmente a su hija María y le enseñaron a amar y confiar en Dios. No podían haber sabido plenamente de qué manera Dios usaría su fidelidad en Su plan de salvación. Sin embargo, a través de sus actos cotidianos de oración, sacrificio y devoción, ayudaron a preparar el camino para la venida de Cristo.
Lo mismo suele ocurrir en nuestras propias vidas. Una palabra amable, una oración ofrecida por alguien necesitado, un ejemplo de vida fiel, o años dedicados al cuidado de los miembros de la familia pueden dar fruto de maneras que nunca llegamos a ver. Dios obra con frecuencia a través de actos ordinarios de amor, utilizándolos para propósitos que van más allá de nuestra comprensión.
Nuestra tarea no es controlar el resultado. Nuestra tarea es ser fieles.
Cuando encomendamos nuestros esfuerzos a Dios, podemos estar en paz sabiendo que Él continúa Su obra aun cuando nosotros no podemos verla. Como San Joaquín y Santa Ana, estamos llamados a sembrar semillas de fe, confiando en que Dios hará germinar la cosecha a Su debido tiempo.












