Cuando pienso en mis años en las misiones, son las personas las que recuerdo con mayor claridad.
Una de esas personas es un joven monaguillo llamado Darío.
Darío tenía alrededor de once años cuando enfermó gravemente y fue internado en un hospital en Santa Ana, El Salvador. Era muy querido por los otros monaguillos y por mí. Todos estábamos preocupados por él, y nos sentíamos impotentes al verlo luchar.
Un domingo, decidí que quizás podíamos hacer algo. Reuní a los monaguillos, los subí a la camioneta que usaba para visitar los pueblos de los alrededores, y fuimos al hospital a ver a Darío.
Pensábamos animarlo.
Fue él quien nos animó a nosotros.
Darío estaba débil, pero no había perdido su confianza en Dios. Nos recibió con la misma sonrisa que siempre le conocíamos. En lugar de hablar de su enfermedad, irradiaba esperanza. Para cuando nos fuimos, éramos nosotros quienes habíamos recibido el regalo más grande.
Con el tiempo, Darío se recuperó y la vida siguió adelante. Como suele ocurrir en el trabajo misionero, pasaron los años y nuestros caminos dejaron de cruzarse.
Casi veinte años después, regresé a Ataco, El Salvador.
Mientras caminaba por el pueblo, sintiendo nostalgia por los años que había pasado allí, Darío apareció de repente ante mí. El niño que recordaba era ahora un hombre adulto.
Él sonrió, y yo sonreí.
En ese momento, recordé que rara vez vemos el alcance pleno de la obra que Dios nos encomienda. Sembramos semillas, ofrecemos aliento y acompañamos a las personas por un tiempo. Luego la vida nos lleva en distintas direcciones.
Como hermano franciscano, nunca llegué a ser padre ni abuelo en el sentido tradicional. Sin embargo, a lo largo de los años, tuve la gracia de caminar junto a jóvenes, familias y comunidades parroquiales. No siempre sé qué fue de las semillas sembradas en aquellos años, pero momentos como el reencuentro con Darío me recuerdan que Dios sigue obrando mucho después de que nos hemos marchado.
San Joaquín y Santa Ana son recordados como ejemplos de fe transmitida de generación en generación. Cuando pienso en las personas que conocí en las misiones, recuerdo que quizás nunca sabremos dónde echará raíces cada semilla, pero Dios sí lo sabe. Y eso es suficiente.










