La virtud de la longanimidad puede ser difícil de comprender, especialmente cuando intentamos encontrar formas prácticas de vivirla en la vida diaria. A nadie le agrada sufrir. No formaba parte del plan original de Dios. Sin embargo, cuando el pecado entró en el mundo, la armonía que Dios creó quedó perturbada. Desde entonces, el sufrimiento ha permanecido como parte de la experiencia humana.
¿Cómo, entonces, soportamos el sufrimiento y nos esforzamos por practicar la virtud en medio de nuestras pruebas? Hay varias verdades que podemos recordar y que pueden ayudarnos. Los siguientes puntos no son exhaustivos, pero pueden ofrecer orientación y aliento.
Esta vida y este mundo son solo una preparación para el mundo que ha de venir. En esa nueva creación no habrá sufrimiento, tristeza, enfermedad ni mal. Todo lo que experimentamos en esta vida es pasajero.
Si bien no todo sufrimiento es consecuencia del pecado personal, el pecado en sí trae sufrimiento al mundo. Evitar el pecado y arrepentirse sinceramente de nuestros pecados puede contribuir a aliviarlo.
«Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3,16). Dios desea que toda persona esté con Él para siempre, hasta tal punto que el Hijo, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, asumió la naturaleza humana y sufrió de manera indecible en la cruz para expiar nuestros pecados.
Con la gracia de Dios, somos capaces de soportar las pruebas y ofrecerlas en unión con los sufrimientos de Jesús. Cuando hacemos esto, Dios puede traer un beneficio espiritual no solo a nosotros mismos, sino también a quienes amamos e incluso a personas que quizás nunca conozcamos. También podemos ofrecer oraciones y sacrificios por los fieles difuntos.
Incluso cuando no podemos comprenderlo, Dios tiene un plan para el mundo y para cada vida humana. Todo lo que ocurre, incluido el sufrimiento, encaja de alguna manera en ese plan. Si mantenemos una visión terrena, esto puede parecer imposible de entender. Pero si mantenemos los ojos fijos en el mundo que ha de venir, veremos que el plan de Dios se cumple en todo lo que experimentamos.
A veces podemos pensar que la vida sería más fácil si Dios gobernara el mundo según nuestros deseos. Sin embargo, nuestro entendimiento es limitado y no puede abarcar la historia, las circunstancias y la compleja interacción de la actividad humana, incluida la forma en que sufrimos.
Quizás lo más práctico que podemos recordar sea una frase frecuentemente atribuida a San Agustín: «Dios es Dios y yo no soy Dios.» Aunque Su plan original no incluía el sufrimiento humano, Su plan después del pecado humano permite el sufrimiento y lo integrará en Su designio general. No tenemos que disfrutar del sufrimiento. Estamos llamados a confiar en que tiene sentido y propósito dentro del plan mayor de Dios.











