Una breve reflexión sobre las enseñanzas de San Francisco
Ochocientos años es mucho tiempo en términos humanos. Sin embargo, a los ojos de Dios, no es más que un abrir y cerrar de ojos. Nuestro amado santo murió hace 800 años, hoy. Para la mayoría de las personas, después de tanto tiempo, habría muy pocos —si es que alguno— que todavía las recordaran. Ese no es el caso de Francisco. Aún después de todo este tiempo, su legado perdura.
Francisco es para nosotros un ejemplo en tantas cosas. Hoy reflexionaremos sobre solo algunas de ellas.
En primer lugar, Francisco nos muestra que el cambio es posible. A pesar de su juventud despreocupada, respondió al llamado del Señor y abrazó una conversión total. El pecado no tiene la última palabra. La gracia, sí.
A continuación, Francisco nos enseñó el amor por la creación. A diferencia de los panteístas, quienes creen que la creación es Dios, Francisco nos muestra que la creación refleja la maravilla, la belleza y el poder de Dios. Debemos respetar y reverenciar a todas las criaturas, especialmente a los seres humanos, como reflejo de Dios.
En tercer lugar, Francisco nos recuerda el valor del desapego. Su compromiso con «la Dama Pobreza» nos enseña que, si bien los bienes de este mundo son verdaderamente buenos, no debemos apegarnos a ellos. Nuestro amor por Dios y por los demás debe ocupar el primer lugar.
También podemos mirar a Francisco como modelo de oración. Amaba tanto la oración comunitaria como la personal, celebrando con sus hermanos y dedicando tiempo a la soledad.
Por último, Francisco nos enseña sobre la confianza. Desde su conversión hasta su muerte, manifestó una confianza en Dios verdaderamente admirable. Encomendó todo en la vida a la Providencia de Dios, y su ejemplo nos invita a hacer lo mismo.
Esta semana, al celebrar la vida y el legado de San Francisco, pidamos su intercesión y su ayuda para llegar a ser más semejantes a él.











