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¿Podrías ser santo?

Por: Hno. Kevin, OFM

¿Alguna vez has pensado que podrías ser santo?

La santidad es el ADN de la Iglesia. Por medio del Bautismo nos convertimos en hijos de Dios. Y si somos hijos de Dios, hay en nosotros una semilla de divinidad. ¿No es eso asombroso?

Ser santo no significa ser un hombre o una mujer perfectos. Más bien, ser santo significa estar abiertos a Dios, permitiéndole actuar en nosotros a través de Su gracia y del Espíritu Santo.

Pero ¿de dónde viene esta hermosa invitación? Viene de la misma Palabra de Dios.

La santidad en la Biblia

Ante todo, solo Dios es santo. Él es la fuente y la plenitud de toda santidad. En el Libro del Levítico, Dios le dice a Moisés: «Sean santos, porque yo, el Señor su Dios, soy santo» (Lv 19,2).

En el Antiguo Testamento, la santidad es una profunda invitación al Pueblo de Israel. Son santos en la medida en que siguen los mandamientos de Dios. Pero esta invitación encuentra su cumplimiento definitivo en Jesucristo.

En el Nuevo Testamento, Jesús es el Santo de Dios. El Ángel Gabriel le dice a María: «Por eso, el que va a nacer será llamado Santo, Hijo de Dios» (Lc 1,35).

Jesús abre un nuevo camino para ser santos, no solo cumpliendo la ley, sino también siguiéndolo y viviendo como Él vivió. En el Sermón del Monte, Jesús proclamó «bienaventurados» a los pobres, los mansos, los misericordiosos y los limpios de corazón. Las Bienaventuranzas son un espejo de la propia vida de Jesús.

La santidad en la enseñanza de la Iglesia

Podemos ver que la santidad es un camino para todos. Jesús invita a todos a seguirlo. La Iglesia Católica enseña que la santidad es una vocación universal, verdad proclamada con fuerza por el Concilio Vaticano II.

En la Lumen Gentium, la Iglesia declara que todos, tanto el clero como los laicos, están llamados a la santidad (n. 39). Esta santidad se expresa de muchas formas distintas según el estado de vida de cada persona.

La santidad, por tanto, no tiene el mismo rostro en todos. Cada uno de nosotros puede buscar la santidad independientemente de su estado o condición de vida.

La Lumen Gentium concluye su capítulo sobre la santidad con esta poderosa afirmación: «Todos los fieles de Cristo son invitados a tender a la santidad y a la perfección propia de su estado» (n. 42).

«Los santos de la puerta de al lado»

El Papa Francisco habla de una santidad cotidiana. A quienes la viven los llama «los santos de la puerta de al lado.»

Son personas ordinarias, quizás cercanas a nosotros, que viven la santidad a través de sus acciones: cuidando a sus seres queridos, perdonando en silencio y haciendo el bien a los demás. El Papa Francisco nos recuerda que la santidad no se encuentra únicamente en los santos canonizados o beatificados.

¿Quién sabe? Quizás tienes un santo entre tus amigos o familiares, o en alguna persona sencilla que conoces. Y quizás tú mismo eres el «santo de la puerta de al lado» de alguien, porque Dios actúa silenciosamente en nosotros.

Una llamada para todos nosotros

Quiero terminar esta reflexión con las palabras del Cardenal Semeraro, pronunciadas durante la Lectio Inauguralis del curso de formación sobre las Causas de los Santos:

«Para ser canonizado o beatificado, es necesario ser santo. Pero para ser santo, no es necesario ser canonizado.»

La santidad es más grande de lo que podemos imaginar. Sobre todo, la santidad es un don de Dios y no un logro personal.

Entonces, ¿te gustaría ser santo?

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