Hemos aprendido que la soberbia pecaminosa puede ser un gran obstáculo para una vida espiritual sana. Está motivada por un amor propio excesivo y un deseo de ser independientes de Dios. En cierto sentido, cuando somos soberbios, deseamos ser nuestro propio Dios: tan poderosos como el Dios verdadero, pero sin restricciones.
En las Escrituras hay dos grandes ejemplos de cómo la soberbia puede causar daño. El primero es Satanás. Originalmente se llamaba Lucifer, que significa “portador de luz”, y estaba entre los ángeles más poderosos. Sin embargo, sintió celos del poder superior de Dios y quiso ser igual al Creador. Esa soberbia provocó la batalla en el cielo que escuchamos en el Libro del Apocalipsis, cuando Satanás y los ángeles que cayeron con él, víctimas de esa soberbia, fueron expulsados del cielo.
El segundo ejemplo es Adán y Eva en el Jardín del Edén. Se les había instruido que no comieran del Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal que crecía en medio del jardín. Según el relato, Satanás se les apareció en forma de serpiente para tentarlos. Le dijo a Eva que Dios no quería que comieran del árbol porque entonces serían tan sabios como Él. En otras palabras, apeló a la soberbia humana. Eva, y luego Adán, cayeron víctimas de su amor propio y del deseo de ser independientes de Dios al comer del fruto del árbol. Sus acciones alteraron todo el universo, y el mal entró en el mundo.
Aunque estas son historias que comunican una verdad espiritual, nos muestran el peligro de la soberbia. El antiguo refrán “la soberbia precede a la caída” se refleja claramente en estos relatos. De hecho, la soberbia está en la raíz de todo pecado. Cuando pensamos demasiado bien de nosotros mismos o decidimos que podemos prescindir de Dios, actuamos en contra de lo que Él nos manda.
Durante esta semana, estemos atentos a nuestras tentaciones de soberbia.










