Esta semana, y durante las próximas dos semanas, hacemos una pausa en nuestras reflexiones sobre la vida de San Francisco para dirigir nuestra atención a Jesús. Hoy es Domingo de Ramos, también conocido como Domingo de Pasión, cuando meditamos sobre el sufrimiento que Jesús soportó para salvarnos del pecado.
Toda confianza que Francisco manifestó, y toda confianza que nosotros nos esforzamos por mostrar, no es más que un reflejo de la confianza que Jesús vivió al prepararse para su Pasión. Aunque era Dios, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, era también plenamente humano. Por ello, experimentó emociones humanas, entre ellas el miedo. La confianza es lo que vence al miedo. Cuando nos encomendamos al plan de Dios, aunque no lo comprendamos, el miedo comienza a perder su poder.
Si bien todo el proceso de la Pasión de Jesús es una historia de confianza, hay un momento que la ilustra con especial claridad. Cuando Jesús estaba en el Huerto de Getsemaní, cayó de rodillas y suplicó a su Padre que apartara de Él el cáliz del sufrimiento que estaba a punto de beber. En su humanidad, no quería sufrir ni morir en la cruz. Pero sus palabras finales son las más reveladoras: «No se haga mi voluntad, sino la tuya.» El plan del Padre incluía la Pasión. La deuda del pecado no podía ser saldada por la humanidad sola; solo el Dios-Hombre podía hacerlo.
También nosotros enfrentamos pruebas. Cada uno lleva su propia pasión en la vida. No es pecado pedirle a Dios que aparte el sufrimiento. Pero cuando no lo hace, estamos llamados a confiar en que Él permanece con nosotros, en que nuestras pruebas no carecen de sentido, y en que, unidas al sufrimiento de Cristo, dan fruto para la salvación del mundo.
Esta semana, al adentrarnos en el misterio de la Pasión de Cristo, pongamos nuestros temores en manos del Padre. Que hagamos eco de las palabras de Jesús en nuestra propia vida: «No se haga mi voluntad, sino la tuya.»











