En los últimos años, hemos presenciado desastres naturales terribles en nuestro mundo: huracanes, tornados, incendios forestales, monzones, tsunamis… muchas personas se han visto obligadas a comenzar de nuevo sin nada.
¿Cómo es posible, como reflexionamos la semana pasada, que incluso el sufrimiento sea un don?
Responder a esa pregunta requiere una perspectiva cristiana: recordar que nuestro paso por este mundo está destinado a prepararnos para el siguiente. En el caso de los desastres, es natural centrarnos en lo negativo e incluso perder la esperanza. Pero también debemos ver la oportunidad que puede surgir de estas experiencias.
Si estamos sufriendo personalmente las consecuencias de algo terrible, podemos usar esa vivencia para valorar el don y la fragilidad de la vida, la naturaleza pasajera de los bienes materiales y el poder de la esperanza en medio de la desesperación.
Si no somos directamente afectados, podemos mostrar el amor de Jesús de muchas maneras: donando dinero o artículos de necesidad, ofreciendo nuestro tiempo como voluntarios, acompañando a quienes sufren o rezando para que la gracia de Dios sea concedida a todos los que atraviesan una tragedia.
En nuestras reflexiones de esta semana, recordemos que incluso en las situaciones más difíciles, nuestra fe puede fortalecerse y compartirse con los demás.










