La pequeña comunidad se alegró de que el Papa Inocencio III hubiera aprobado su forma de vida. Al partir de Roma, pasaron el camino conversando sobre cómo vivirían la nueva Regla que habían prometido seguir.
Cuando terminaron su conversación, el día ya había avanzado y se encontraron en un lugar desierto. A diferencia de la mayoría de los viajeros, habían prestado poca atención a dónde encontrarían alimento. Hambrientos y agotados, buscaron sin hallar nada. Entonces, de manera completamente inesperada, encontraron a un hombre que llevaba pan y lo compartió con ellos. Nunca supieron quién era, pero la experiencia los animó a depositar una confianza aún mayor en la providencia de Dios.
Los hermanos continuaron hacia un lugar cercano a la ciudad de Orte, donde permanecieron quince días. Conseguían alimento pidiendo de puerta en puerta y guardaban lo que sobraba cada día para el futuro.
Para muchas personas, semejante forma de vida habría sido fuente de preocupación constante. Para Francisco y los hermanos, sin embargo, se convirtió en una oportunidad para confiar plenamente en la bondad y el cuidado del Señor.
Aunque disfrutaron de su estancia cerca de Orte, con el tiempo decidieron seguir adelante para no volverse demasiado cómodos ni apegarse a un solo lugar. También enfrentaban una pregunta importante sobre su futuro: ¿Debían vivir apartados de la sociedad o entre las personas a quienes esperaban servir? Francisco confiaba en que el Señor había llamado a los hermanos a ganar almas y predicar el Evangelio. Su misión era vivir entre la gente, compartir sus vidas y acercar a otros a Cristo.
Esta semana, confiemos en la providencia de Dios para nuestras necesidades cotidianas.












