La semana pasada reflexionamos sobre cómo la pobreza, en el sentido religioso, está enraizada en confiar en que Dios proveerá para nuestras necesidades. Francisco creía firmemente en esto, y muchos momentos de su vida demuestran esa confianza.
Uno de esos momentos ocurrió cuando Francisco estaba orando en la pequeña iglesia de San Damiano, en las afueras de Asís. Mientras se arrodillaba ante el crucifijo, Francisco escuchó que este le hablaba. La voz le dijo: «Francisco, ve y repara mi casa, que como ves está en ruinas.» Francisco entendió esas palabras de manera literal, creyendo que se le pedía reparar el deteriorado edificio de la iglesia que lo rodeaba. Obedientemente, comenzó a reunir fondos para las reparaciones. Tomó un caballo y una carreta, los cargó con telas finas del almacén de su padre, y vendió toda la carga junto con el caballo y la carreta.
Cuando Francisco intentó entregar el dinero al pobre sacerdote de San Damiano, este rechazó el ofrecimiento por temor al adinerado padre de Francisco. Sin desanimarse, Francisco dejó el dinero sobre el alféizar de una ventana y continuó su camino.
Con este acto, Francisco demostró una confianza extraordinaria. Creía que el Señor le estaba proporcionando los medios para cumplir la misión que se le había encomendado. Aunque sabemos que esta no era la verdadera misión de Francisco, la confianza que requirió fue igualmente admirable. Las consecuencias de esta decisión pronto alterarían el curso de su vida de maneras dramáticas.
Esta semana, consideremos con cuánta prontitud respondemos al llamado de Dios. Que confiemos en Él lo suficiente para actuar en obediencia, aun cuando todavía no comprendamos plenamente la misión que ha puesto ante nosotros.











