Qué emocionante puede ser comenzar una nueva aventura. Una nueva escuela, una nueva carrera, un nuevo matrimonio, un nuevo bebé. Todas estas cosas pueden ser transformadoras y maravillosas. Pero también pueden darnos miedo. Cuando comenzamos algo nuevo, no sabemos si tendrá éxito, si seremos buenos en ello, o si estamos preparados para llevarlo hasta el final.
San Francisco, en su humanidad, seguramente sintió algo de temor cuando comenzó a reunir a los hermanos y a formar la Orden. Sin embargo, creía que la Orden era voluntad de Dios, y por eso confió en que lo que ocurriera sería exactamente lo que Él quería. Desde su propia conversión, hemos visto el crecimiento de ocho hombres a quienes envió a la misión, y luego a doce. Con confianza, se acercó al Papa Inocencio y recibió la aprobación de la Regla que había escrito.
La vida de los franciscanos, conocidos como los «Hermanos Menores» (nombre del que hablaremos en un par de semanas), era diferente a la de cualquier comunidad religiosa que hubiera existido antes. Eran mendicantes, es decir, andaban de un lugar a otro, predicando y enseñando, y viviendo de la bondad de los demás. No vivían en monasterios, dedicando su vida a la oración por la Iglesia (una vocación hermosa y necesaria para la supervivencia de la Iglesia, simplemente no era a lo que esta nueva comunidad estaba llamada). Eran evangelistas activos, y esto trajo no solo la conversión de muchas personas, sino un crecimiento explosivo de quienes deseaban unirse a sus filas.
En los primeros diez años de la fundación de la Orden, el número de hermanos creció de doce a más de 5,000. La confianza de San Francisco en Dios había dado inicio a un movimiento que crecería rápidamente y se extendería por toda Europa. La nueva «aventura» funcionó verdaderamente, y la confianza que San Francisco depositó en Dios permitió que ese crecimiento floreciera.
Esta semana, cuando se enfrente a un nuevo comienzo o a un camino incierto, recordemos la confianza de San Francisco en la voluntad de Dios. Que esa misma confianza nos guíe a través de nuestros propios dolores de crecimiento.












