La mayor parte de lo que sabemos sobre la vida de San Francisco proviene del período posterior a su conversión, cuando se dedicó al servicio del Señor y de los pobres. Sin embargo, en sus primeros años, Francisco depositó una gran confianza en la riqueza y en los bienes materiales que su familia le proporcionaba.
Los relatos de su juventud describen a un joven que disfrutaba de la buena ropa y que tenía un vicio particular en lo que se refiere a la comida. Se había acostumbrado a comidas bien preparadas y era incluso exigente con la vajilla en la que se le servían, llegando en ocasiones a negarse a comer si no le gustaban los platos.
Francisco no guardaba para sí solo las riquezas de su familia. Era generoso con sus amigos y con frecuencia pagaba salidas y comidas. Muchos se sentían atraídos por él precisamente por esta razón.
Aun en ese tiempo, sin embargo, se percibe en Francisco una nota de altruismo y generosidad. En una ocasión, mientras vendía telas en el mercado, se le acercó un mendigo. Movido por la compasión, corrió tras él y le entregó todo el dinero de sus ventas. Sus amigos se burlaron de este gesto y su padre se enfureció, pero en ese momento podemos ver una pequeña chispa de lo que llegaría a ser un rasgo distintivo del ministerio de Francisco.
Nuestro Señor nunca nos dice que las riquezas sean malas en sí mismas. Sí nos advierte, sin embargo, que pueden convertirse en un obstáculo para la vida eterna si ponemos demasiada confianza en ellas. Lo que recibimos en el plano material no nos es dado solo para nuestro propio beneficio, sino para ser compartido con los demás.
Esta semana, examinemos nuestra relación con los bienes materiales y preguntémonos dónde se encuentra verdaderamente nuestra confianza. Que sepamos usar con generosidad lo que tenemos, sin permitir que la riqueza terrenal ocupe el lugar de nuestra confianza en Dios.










