El cristianismo en general, y el catolicismo en particular, son con frecuencia criticados por su énfasis en el pecado. Hay quienes afirman que la fe está centrada en hacer sentir culpables a las personas. Nada podría estar más lejos de la verdad.
El pecado es, ciertamente, una parte importante del mensaje de Jesús. Como seres humanos, todos pecamos. Fallamos, volviéndonos hacia nuestra propia voluntad, nuestros deseos y necesidades en lugar de la voluntad de Dios. Reconocemos también que el pecado es una ofensa contra Dios que no podemos reparar por nosotros mismos. Si el mensaje terminara ahí, parecería desalentador y pesado. Pero esa es solo una parte de la historia.
Como reflexionamos la semana pasada, Jesús es el Dios-Hombre. Porque es uno de nosotros, puede sufrir en nuestro nombre. Porque es también Dios, su sacrificio tiene el poder de reconciliarnos con la bondad infinita de Dios. En Él, la deuda del pecado no solo es reconocida, sino completamente redimida.
Hace casi un siglo, Jesús se apareció a santa Faustina y le pidió que recordara al mundo que, si bien el mal puede ganar batallas, no gana la guerra. La misericordia sí. No hay pecado que esté más allá del poder de perdón de Dios, ni persona que esté fuera de su alcance. La imagen tan conocida de la Divina Misericordia lleva las palabras: «Jesús, en Ti confío.» Este es el mensaje que estamos llamados a acoger. Este es el mensaje para hoy. Sin importar dónde nos encontremos ni lo que hayamos hecho, somos invitados a volver a Dios, confiar en su misericordia y recibir su perdón.
Esta semana, depositemos nuestra confianza en la misericordia de Dios. Sin importar nuestro pasado, que nos acerquemos a Él con confianza, sabiendo que su perdón es siempre más grande que nuestro pecado.











