Es importante recordar que Francisco, de joven, era bastante egocéntrico y arrogante. Compartía los bienes materiales que tenía, pero lo hacía principalmente para llamar la atención y ganar popularidad. Sus motivaciones no eran en absoluto altruistas.
Sin embargo, tras su conversión, Francisco se sintió movido a la compasión por los demás. Abrazó a un leproso, alguien a quien antes encontraba repulsivo, y este fue el comienzo de una nueva actitud en él.
Francisco cuidaba especialmente de los hermanos. Verdaderamente se veía a sí mismo como un padre para ellos, y su propia confianza en Dios como Padre inspiraba su cuidado por quienes le seguían. Los animaba a compartir con él sus necesidades, y él las atendía lo mejor que podía.
Francisco también enseñó a los hermanos que debían cuidarse mutuamente. Escribió en su Regla que si una madre ama y alimenta a su hijo carnal, el hermano está llamado a amar y cuidar a su hermano espiritual con una devoción aún mayor. Los hermanos deben confiar los unos en los otros lo suficiente como para compartir sus necesidades, y si verdaderamente son fraternales, deben sostenerse mutuamente, ya sea en momentos de enfermedad, debilidad, pecado o falta de productividad.
Una última cosa que Francisco decía a los hermanos era que se cuidaran a sí mismos. Al final de su vida, expresó su pesar por haber tratado tan mal a su propio cuerpo, al que llamaba «hermano asno». Con ello, enseñaba una lección implícita: equilibrar la vida ascética con nuestras necesidades más humanas.
El cuidado mutuo es una virtud universal para los cristianos. Para Francisco, la fraternidad entre los hermanos ocupaba un lugar muy importante.
Esta semana, confiemos en Dios como Padre, tal como lo hizo Francisco, y que esa confianza nos mueva a cuidarnos mutuamente, y a nosotros mismos, con devoción fraternal.











