Vernos a nosotros mismos como Dios nos ve - Franciscan Mission Associates (FMA)
Humildad

Vernos a nosotros mismos como Dios nos ve

Durante nuestras reflexiones semanales sobre la idea de la humildad como criaturas hechas por Dios, hemos considerado varios ejemplos de humildad. También hemos visto que a veces podemos confundir la humildad con un sentido exagerado de autodepreciación.

Ser humilde no significa que uno no sea digno de nada o que, de algún modo, no pueda ser visto como valioso por Dios. Más bien, significa vernos a nosotros mismos como Dios nos ve, con nuestras fortalezas y nuestras debilidades, nuestras virtudes y nuestros pecados.

Probablemente todos hemos encontrado a alguien que muestra una “falsa humildad”: tal vez se niega a reconocer el bien que ha hecho, o exagera en demasía sus defectos y fallas personales. La verdad es que, si Dios hubiera querido que fuéramos perfectos, nos habría creado así. El hecho de que cada uno de nosotros esté algo quebrado no significa que no seamos valiosos para Dios o incapaces de hacer el bien.

Cuando los seres humanos hacemos algo bueno, debemos reconocer que es la gracia de Dios la que lo permite, y también aceptar que nuestra cooperación es necesaria para completar la obra. Esa cooperación crea virtud en nosotros, y esa virtud puede fortalecerse mediante una cooperación aún mayor.

Cuando caemos en el pecado o hacemos algo que no es virtuoso, debemos asumir responsabilidad por nuestra parte en no haber cooperado con la gracia de Dios. Cuando nuestro egoísmo e interés propio influyen en nuestra voluntad, elegimos algo distinto de lo que Dios quiere. Esto nos separa de Dios, pero no nos hace menos amados por Él ni menos valiosos. Pensar lo contrario es negar el efecto de la crucifixión y resurrección de Jesús. Él murió precisamente porque Dios nos creó con libre albedrío, sabiendo que ese libre albedrío a veces resultaría en malas decisiones.

Esta semana, seamos conscientes de que la falsa humildad puede ser tan problemática como el falso orgullo, y esforcémonos por evitar ambos. Seamos plenamente conscientes del papel de Dios en nuestras vidas y tratemos de vernos con ojos celestiales.

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