Después de su encuentro con el leproso, cuando Francisco lo abrazó y lo besó, su vida continuó transformándose de maneras profundas. Su confianza en Dios fue creciendo de manera constante, a medida que se sentía atraído hacia la vocación por la que hoy lo recordamos.
Incluso antes de este momento decisivo, sin embargo, ya había señales de la confianza que Francisco necesitaría para fundar su orden. Después de regresar del cautiverio, aún albergaba sueños de honor y gloria en la batalla. Con el tiempo, sin embargo, esas ambiciones comenzaron a mezclarse con un creciente llamado a dejarlo todo y seguir a Cristo. Aunque tardaría en hacerse realidad, sus amigos notaron que se había vuelto distante y distraído. Solían comentar que Francisco debía estar profundamente enamorado. «Sí,» respondía él, «voy a tomar una esposa más bella y digna que cualquiera que ustedes conozcan.» Hablaba de la Dama Pobreza.
En nuestro mundo moderno, la pobreza rara vez se considera una virtud. Con frecuencia se la ve como señal de que las personas no son capaces de «salir adelante en la vida.» Francisco, sin embargo, vendría a demostrar que la pobreza voluntaria puede ser una expresión poderosa de confianza en la bondad y el cuidado de Dios. Al no desear nada mundano para sí mismo, dependía enteramente del Señor para proveer lo que necesitaba.
Esta semana, reflexionemos sobre qué apegos pueden estar reteniendo nuestra confianza. Que aprendamos de Francisco a sostener las cosas del mundo con ligereza y a apoyarnos más plenamente en el fiel cuidado de Dios.











