Cuando el padre de Francisco le exigió que restituyera lo que había tomado, Francisco respondió con serenidad. Su padre ya había recuperado parte del dinero del sacerdote de San Damiano, pero Francisco sostenía que esos fondos pertenecían a Dios y a los pobres. Su padre entonces impuso una exigencia aún más severa: que Francisco renunciara a su herencia como restitución.
La escena se volvió dramática. Pietro presentó cargos ante los cónsules de la ciudad, y finalmente el asunto fue escuchado por el obispo de Asís, quien resolvió que Francisco debía devolver el dinero.
Francisco no vaciló. Sin temor ni resentimiento, accedió no solo a devolver lo que se le exigía, sino a entregarlo todo. Ante la multitud reunida en la plaza, se quitó la ropa y la depositó a los pies de su padre. De pie ante ellos, desnudo, declaró: «Hasta ahora te he llamado padre aquí en la tierra, pero ahora digo: «Padre nuestro, que estás en el cielo.»»
La multitud quedó atónita. Su padre se alejó con ira y tristeza. Francisco, en cambio, era libre. Habiendo renunciado a todo vínculo terrenal, abrazó la pobreza que creía que Dios le pedía. El obispo lo cubrió con su capa, y aquel momento se convirtió en una de las escenas más emblemáticas de su vida. Desde ese día, la confianza de Francisco en Dios se profundizó aún más.
Esta semana, reflexionemos sobre lo que quizás necesitamos entregar para seguir a Dios más plenamente. Que confiemos en Él lo suficiente como para soltar todo aquello que nos ata, y abrazar la libertad que nace de depender de nuestro Padre celestial.











