La semana pasada reflexionamos sobre el inicio de la conversión de Francisco. Aunque nunca fue moralmente corrupto, la santidad no era una prioridad en los primeros años de su vida. Tras su cautiverio y la grave enfermedad que le siguió, Francisco comenzó a orientar sus pensamientos hacia las cosas espirituales. Una vez recuperado, intentó unirse a las fuerzas papales bajo el mando del conde Gentile contra el emperador Federico II en Apulia, a finales de 1205.
Mientras se dirigía al combate, Francisco experimentó una visión, o quizás un sueño, en el que se le indicaba que regresara a Asís y esperara una llamada a un nuevo tipo de caballería.
Francisco había soñado durante mucho tiempo con alcanzar la gloria convirtiéndose en un gran guerrero, un caballero que derrotara a sus enemigos y regresara triunfante. La visión que recibió en el camino hacia Apulia debió de ser, por tanto, un impacto profundo. Marcó el comienzo de una transformación completa en su vida.
Sin embargo, acoger este nuevo camino requería confianza: confianza en que la visión provenía verdaderamente del Señor y confianza en que, con el tiempo, se le daría una guía más clara. Francisco aún estaba lejos de convertirse en el hombre que llegaría a ser, pero ya había comenzado el camino.
Esta semana, reflexionemos sobre cómo Dios puede estar llamándonos de maneras inesperadas. Que confiemos en su guía, incluso cuando el camino por delante no esté claro, y demos el siguiente paso fiel que Él pone ante nosotros.











