Después de haber permanecido prisionero por más de un año, Francisco regresó a Asís. Poco después de su regreso, enfermó y necesitó un largo período de recuperación. Fue durante ese tiempo de debilidad física cuando comenzó a producirse un cambio en su interior.
A veces, una conversión religiosa es repentina y abrumadora, pero ese no fue el caso de San Francisco. Mientras se recuperaba, sus pensamientos empezaron a dirigirse hacia asuntos espirituales, cosas que rara vez había considerado antes. Sin embargo, estos pensamientos no se apoderaron inmediatamente de su alma. Dios estaba obrando en él, pero, como les sucede a muchas personas, Francisco trató de evitar el alcance de Dios, prometiendo hacer buenas obras, pero a la manera de un caballero, en busca de gloria.
Existe una imagen muy conocida de Jesús de pie ante una puerta y llamando. Lo interesante de esta imagen es que la puerta no tiene manija por fuera; solo puede abrirse desde dentro. Elegir una relación con Dios y confiarnos a Él depende únicamente de nosotros. Francisco se enfrentó a la misma decisión. Este período marcó el inicio de una transición en su vida. No abrió la puerta de par en par, pero estuvo dispuesto a entreabrirla un poco.
Jesús llama a la puerta de cada uno de nosotros. ¿Cómo le estamos respondiendo?
Esta semana, consideremos cómo respondemos cuando el Señor nos llama. Que estemos dispuestos, como Francisco, a abrirle la puerta, aunque sea un poco, y a permitir que su gracia comience a transformar nuestras vidas.










