Después de su tiempo en soledad, Francisco comenzó a vivir plenamente la vida de pobreza y humildad que había abrazado. No se propuso reunir seguidores ni fundar una orden religiosa. Sin embargo, como suele suceder, la gente se siente atraída por quien es auténtico y fiel. Al ver a Francisco vivir lo que predicaba, otros se sintieron inspirados a seguirlo.
Alrededor del año 1208, los primeros hombres que abrazaron la vida que Francisco representaba se unieron a él. Entre ellos se encontraban Bernardo de Quintavalle, Pedro Cattani, Gil y Silvestre, el primer sacerdote en unirse a Francisco. Juntos vivieron en pobreza radical, permaneciendo cerca de la Porciúncula, predicando el Evangelio, exhortando a la gente al arrepentimiento y atendiendo a los necesitados.
En el transcurso de un año, el grupo había crecido a cerca de una docena de hombres. Reconociendo la necesidad de una estructura, Francisco redactó una regla de vida sencilla para la comunidad, conocida más tarde como la «regla primitiva». Como hijo fiel de la Iglesia, buscó la aprobación del Papa. Viajando a Roma con sus compañeros, Francisco recibió esa aprobación del Papa Inocencio III.
Francisco llamó al grupo los «Frailes Menores», o «hermanos menores», reflejando su profundo compromiso con la humildad y la pobreza. No podía haber previsto la rapidez con que crecería la Orden. Sin embargo, su confianza en Dios permaneció firme. Lo que comenzó como un paso pequeño e incierto se convirtió en algo mucho más grande que cualquier plan humano.
En las próximas semanas y meses, exploraremos la confianza que Francisco necesitó demostrar a medida que la comunidad de «frailes menores» continuaba expandiéndose rápidamente.
Esta semana, confiemos en Dios en los nuevos comienzos de nuestra propia vida. Aun cuando no podamos ver a dónde nos lleva el camino, demos el siguiente paso con fe, confiados en que Su plan se manifestará de maneras más grandes de lo que podemos imaginar.










