El enfrentamiento con su padre dejó a Francisco sin dinero y desnudo ante los demás. El obispo lo cubrió con un manto, y ese momento se conmemora aún hoy en el Santuario della Spogliazione —el Santuario de la Renuncia— ubicado en la iglesia de Santa María la Mayor.
Habiendo renunciado tanto a sus posesiones como a su herencia, Francisco abandonó la ciudad y se dirigió al monte Subiaso. Esta montaña, en las afueras de Asís, se convirtió para él en un lugar de soledad y oración.
En esa etapa de su vida, Francisco buscaba la santidad en soledad. Solo más adelante se le unirían otros. En el monte Subiaso encontró una cueva en un bosque de robles que se convirtió en su ermita. Allí pasaba largos períodos en oración y reflexión, buscando comprender de qué manera el Señor lo llamaba a servir.
Con el tiempo, el lugar llegaría a incluir un sencillo claustro, el Pozo de San Francisco y el Oratorio de Santa María. Juntos, estos forman el Eremo delle Carceri —la Ermita de las Cárceles—. Junto con la cercana Porciúncula, este lugar sagrado se convertiría en un espacio central en la vida de Francisco y en la de la Orden que fundaría más adelante.
La soledad puede ser inquietante. Cuando estamos solos, nuestros pensamientos pueden divagar, nuestras oraciones pueden parecer inseguras y nuestros temores pueden salir a la superficie. Sin embargo, Francisco confiaba en que ese tiempo apartado era exactamente lo que necesitaba para discernir la voluntad de Dios para su vida.
Esta semana, no tengamos miedo de los momentos de silencio y soledad. Confiemos en que Dios nos encuentra allí y usa ese silencio para guiarnos con mayor claridad por el camino que Él ha preparado para nosotros.











