Después de que Francisco vendió la tela que había tomado del almacén de su padre, junto con el carro y el caballo que la transportaban, su padre se enfureció. Temiendo el castigo que le esperaba, Francisco se escondió en una cueva durante aproximadamente un mes. Cuando finalmente regresó a casa, sucio y desaliñado, su padre lo ató con cadenas y lo encerró en un pequeño cuarto de almacenamiento. A pesar de la humillación, el dolor y la incertidumbre de su situación, Francisco siguió confiando en la providencia de Dios.
Un día, mientras el padre de Francisco, Pietro, estaba fuera por negocios, su madre, Pica, movida a compasión por su hijo, lo liberó de las cadenas que lo ataban. Francisco regresó de inmediato a la iglesia de San Damiano, buscando refugio junto al sacerdote. Sin embargo, este conflicto aún no había terminado. Cuando Pietro regresó, exigió que Francisco restituyera lo que había tomado. Este enfrentamiento llevaría a uno de los momentos más dramáticos y decisivos en la vida de Francisco.
En medio de cada prueba, la confianza de Francisco en Dios no vaciló. En el fragor de la lucha y el sufrimiento, su fidelidad a la misión que Dios le había encomendado no hizo sino crecer.
Esta semana, cuando enfrentemos malentendidos o dificultades, recordemos el ejemplo de Francisco. Que confiemos en la providencia de Dios, seguros de que Él nos sostiene incluso en los momentos más difíciles.











