Volviéndonos más humildes - Franciscan Mission Associates (FMA)
Humildad

Volviéndonos más humildes

A causa del pecado original, los seres humanos no somos capaces de cumplir perfectamente la voluntad de Dios. En nuestra reflexión de hace dos semanas, vimos que María, gracias al don singular de la Inmaculada Concepción, pudo permanecer sin pecado. Pero ese don fue único; ningún otro ser humano lo ha recibido.

Sin embargo, el hecho de que pequemos no significa que no podamos crecer en virtud. Aunque nunca seremos perfectos, podemos esforzarnos, con la gracia de Dios, por convertirnos en la mejor versión posible de nosotros mismos.

Tres cosas pueden ayudarnos a aumentar nuestra humildad. La primera es la oración. Si deseamos vernos como Dios nos ve (es decir, ser humildes), necesitamos estar en diálogo con Él. Ninguna relación puede crecer sin comunicación. Esa comunicación requiere tanto hablar con Dios como escucharlo. Él nos revelará —a través de nuestras propias intuiciones, de las Escrituras y la lectura espiritual, y del consejo de los demás— quiénes somos realmente y quiénes estamos llamados a ser.

La segunda práctica útil es la honestidad. Debemos ser honestos con nosotros mismos sobre nosotros mismos. Conocer nuestras fortalezas y debilidades, nuestros dones y nuestras tentaciones, nuestras virtudes y nuestros pecados, es clave para la humildad. Este tipo de honestidad no es fácil y no está destinada a inflar nuestro ego ni a degradarnos. Más bien, es una herramienta para discernir a dónde nos llama el Señor y cómo podemos cumplir nuestra parte en Su misión.

Finalmente, podemos practicar la reflexión. Esta reúne las otras dos prácticas —oración y honestidad— en una sola. Si estamos en diálogo con Dios y somos sinceros acerca de cómo Él nos ve, entonces podemos reflexionar adecuadamente sobre cómo, con Su gracia, podemos crecer en humildad. Al cooperar con Él, podemos hacer Su voluntad y evitar la tentación del pecado.

A través de estas tres prácticas crecemos en nuestra comprensión de cómo Dios nos ve —nos volvemos humildes—. Nunca debemos pensar que somos incapaces de crecer, sin importar quiénes seamos, qué edad tengamos o qué hayamos hecho en el pasado. Nuestro Dios es el Dios de las segundas (y terceras, y milésimas) oportunidades.

Esta semana, volvamosnos más humildes practicando la oración, la honestidad y la reflexión.

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